LeTrARiO


Una mañana de primavera, mientras salía de mi casa
y me disponía a cruzar el pequeño portón que la separa de la vereda,
vi algo mágico en una rama del árbol de mi patio.

No suelo prestarle atención a los pájaros, pero este tenía algo especial.
Sus plumas combinaban muchos colores,
como si se hubiera vestido con un arcoíris y un otoño juntos,
y su canto llevaba la felicidad viajando a través del aire,
fundiéndose con la luz de aquella primavera tardía.

Quedé tan maravillado por aquel ejemplar que decidí emplear
una vieja jaula que se encontraba apoyada contra una de mis ventanas,
para así siempre poder escuchar su canto y apreciar su colorida belleza.

Así, todas las mañanas, mientras preparaba mi té,
lo veía desde la ventana de mi cocina,
todos los días radiante, todos los días cantando.
 Representaba la alegría eterna, el lado bello del mundo,
era la primavera y su sol encarnados en un ser.

Cada tarde era diferente, tenían un sabor dulce ahora,
un sabor inolvidable.

Y así fue durante un tiempo,
hasta que comencé a notar que aquel pajarito ya no era el mismo.
Sus colores antes vivos se tornaban grises con el tiempo
y su canto ya no llevaba la felicidad,
se escuchaba apagado y ya casi ni se oía.

Todo esto ocurrió de a poco, yo lo presenciaba,
pero en ese momento pensaba que debía estar enfermo
o que tenía algún malestar,
y que en cualquier instante aquel pajarito iba a volver a ser lo que fue
durante sus primeros días en mi vida.

Una tarde, cuando me di cuenta lo que verdaderamente ocurría,
decidí abrirle la jaula,
pero no salió,
podría haber pensado que ya se había acostumbrado,
pero el pajarito ya no estaba.

Allí quedo su jaula, cerrada y vacía,
devorándose los últimos días de aquella primavera.
 La jaula va a quedar ahí, siempre que la dejen,
y así el dueño sabrá el valor de las cosas
y el cielo al cual pertenecen.

~Alhué Mora~

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