- Tiempo del hombre


La partícula cósmica que navega en mi sangre
es un mundo infinito de fuerzas siderales.
Vino a mí tras un largo camino de milenios
cuando, tal vez, fui arena para los pies del aire.

Luego fui la madera, raíz desesperada.
Hundida en el silencio de un desierto sin agua.
Luego fui caracol, quién sabe dónde.
Y los mares me dieron la primera palabra.

Después, la forma humana desplegó sobre el mundo
la universal bandera del músculo y la lágrima.
Y brotó la blasfemia sobre la vieja tierra.
Y el azafrán, y el tilo. La copla y la plegaria.

Entonces vine a América para nacer un Hombre.
Y en mi junté la pampa, la selva y la montaña.
Si un abuelo llanero galopó hasta mi cuna,
otro me dijo historias en su flauta de caña.

Yo no estudio las cosas, ni pretendo entenderlas.
Las desconozco, es cierto, pues antes viví en ellas.
Converso con las hojas en medio de los montes
y me dan su mensaje las raíces secretas.

Y así voy por el mundo, sin edad ni Destino.
Al amparo de un cosmos que camina conmigo.
Amo la luz, y el río, y el camino, y la estrella.
Y florezco en guitarras, porque fui la madera.


••
Atahualpa Yupanqui
••



De lo que se apodera el ruido, todo aquello que no queremos oír.
Aquello que se mete por la ventana, filtrándose a través de la cortina de nuestra piel, llevándose la concentración a pasear rabiosa por la calle,
arrastrada de los pelos por el pavimento.
Ruidoso frío.
Devuélvenos las ganas, la intención de oírnos a nosotros mismos, la posibilidad de concretar el sueño, de cerrar el mundo por unos instantes.
Eres el invitado indeseado, amenazador, que se sienta en nuestra mesa y al cabo de un rato prende fuego nuestra paciencia y nos hace querer huir.


> Alhué Mora <